NOSTALGIA DE LA LUZ : UNA OBRA MAESTRA DE SERENIDAD CÓSMICA

(Le Monde)

Patricio Guzmán es uno de los principales cronistas cinematográficos de la historia contemporánea chilena. Se sabe a qué precio este trabajo se ha hecho posible : encarcelado por el régimen de Pinochet después del golpe de estado de 1973, finalmente puesto en libertad, eligió el exilio en París como su compatriota Raúl Ruiz (los dos nacidos en 1941), maestro de la ficción barroca. Guzmán por su parte no dejó de volver a su país por la vía del documental político, desde « La Batalla de Chile » (1979) hasta « Salvador Allende » (2004).

A la edad de 69 años él firma hoy con “Nostalgia de la Luz” una película totalmente inesperada, que da la vuelta al género para llevarlo mejor hacia las cumbres de la poesía. Este filme no es solamente la obra maestra de Guzmán, es uno de los más bellos ensayos cinematográficos que hemos vistos desde hace mucho tiempo. Su bordado, complejo, está tejido con la más grande simplicidad. Tres niveles se sobre impresionan : las consideraciones sobre la búsqueda astronómica, una arqueología de cimientos indianos y una memoria de la dictadura.

Un lugar reúne estas tres capas sensibles : el desierto de Atacama. Este lugar, conocido por ser el más árido y el menos propicio a la vida de nuestro planeta, “Nostalgia de la Luz” le transforma en un pedazo de tierra increíblemente fértil. Porque a la vez allí se encuentran el más grande observatorio astronómico del mundo, los vestigios extraordinariamente conservados de civilizaciones autóctonas y los cadáveres de los deportados políticos asesinados durante la dictadura en los campos vecinos, antes de ser diseminados en las arenas. Cada una de estas realidades induce un trabajo de prospección particular. El astrónomo escruta el cielo, el arqueólogo excava el suelo, las mujeres de los desaparecidos abren, desde hace 28 años sin cesar, las entrañas de la tierra.

El genio del filme, inspirado por el genio del lugar, consiste en poner esas búsquedas y los personajes que las encarnan, en relación. Gaspar el astrónomo, Lautaro el arqueólogo, las viudas Victoria y Violeta comparten la misma obsesión por los orígenes, que del Universo, que de la civilización, que del mal y de la muerte. La mirada en las estrellas o las manos en la arena, conocen la misma incertidumbre, el mismo sentimiento de relatividad y de precariedad, la misma porfía en buscar la luz en esta noche profunda que rodea la humanidad. Eso les transforma, para nosotros, en personajes preciosos y conmovedores.

A pesar de ello, “Nostalgia de la Luz” debe su éxito a un trabajo formal que llega más lejos que sus personajes : una ciencia insólita del montaje, una magia de la asociación entre las cosas y los seres, un arte de poner al día conexiones insospechadas. Momias y telescopios, bolitas de niños y galaxias, cielo y tinieblas, huellas del pasado y proyecciones del futuro, dolores infinitos y paz sideral entran aquí en la danza del espíritu poético que le sitúa, de alguna manera, entre “2001 Odisea del Espacio”, de Stanley Kubrick, y “El Sol del Membrillo”, de Víctor Erice.

El filme revela también las conexiones objetivas que existen, a través de otros personajes, entre esas realidades dispares. Este el caso de Luís, antiguo prisionero que tal vez sobrevivió gracias a la pasión por la astronomía que le inculcaron los sabios de la cárcel. También está el caso de Valentina, joven astrónoma, que saca de la observación del ciclo del Universo una razón suficiente para apreciar la vida, después de que sus dos padres han sido asesinados cuando ella era solamente una niña. Vemos la frágil imagen de esta joven huérfana que posa con su niño, la última belleza del filme : sacar de una tierra ingrata y de una historia inhumana, la fuerza de buscar todavía, es decir, de esperar todavía.

Patricio Guzmán ha necesitado 40 años de lucha paso a paso, de memoria viva y de sufrimiento íntimo, para finalizar esta obra de una serenidad cósmica, de una luminosa inteligencia, de una sensibilidad capaz de fundir las piedras. A tal nivel, que la película se transforma en algo más que una película. Un abrazo al género humano, un canto estelar para los muertos, una lección de vida. Silencio y respeto.

Jacques Mandelbaum.
Le Monde. 26 de octubre 2010.

Leer texto orginal en Francés

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